Te miré un día.
En una suspensión inquietante de palabras y coherencia.
Bajo una gravedad de circunstancias adversas.
Yo, la materia.
Tu, justo y ciego atravesando por ella.
La historia que me hizo mirarte
ese día de verano tan inquietante,
era contraria a tu mirada.
Atravesaste suave espada como si nada.
Nada.
Percibir toda tu esencia,
de golpe y a ciencia cierta.
Y nada.
Incoherencia.
El amor así no existe.
No puede.
Se ahoga.
Es un vano intento de ego.
Es espuma sobre las olas.
Pero miré fascinada.
No pude advertir lo lejos que estabas.
Te veía tan nítido jugar y esconderte de mi voz.
Como si supieras que yo era una presa condenada.
Pero no. Nada.
Libré batallas con el ego nunca antes imaginadas.
Armé rompecabezas, perdí y hallé las esperanzas.
No, negué e intente recobrar el sentido. Vivir la realidad.
Olvidar lo que he visto.
El amor así no existe.
Se construye en tiempos y espacios determinados.
Sobre acuerdos de asfalto
Sobre besos y arrebatos.
Nada.
Yo no tenía nada.
No puedo ser tan vana!
No existe un amor basado en intuiciones, ni en apariencias idealizadas.
Yo soy libre e inteligente.
Las mujeres como yo no se enamoran con diamantes.
Y luego, como un torbellino de ausencias y recuerdos.
El deseo por mirarte.
Por supuesto no puedes verme.
Vengo en un empaque imperfecto
muy difícil de descifrar.
Nada. Yo no tenía nada.
Y lo tenía todo.
Todo. No me hacías falta.
No necesitaba tu ayuda,
no tuya.
Para nada.
Y así, sin marco teórico que te respaldara.
El corazón tomó un salto y fue tras tu sombra.
Debo estar loca.
El amor así no existe.
Así que una noche decidí acabar con la fantasía.
Cruda me aventé sobre tu espada.
Calculé el filo de tus palabras
Y con los ojos cerrados,
suspiré la última gota de tu nombre.
No puedes verme.
Soy tan diferente.
El amor así no existe.
Y nada, no tengo nada.
Y lo tengo todo.
Todo el corazón inevitablemente rojo .